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PublicacionesSin segunda línea
Ya no te escribo.
No por orgullo,
por costumbre nueva.
Tu nombre
ya no interrumpe nada.
Y eso, supongo,
también es una forma
de terminar.
Te rendiste primero, pero yo caí peor
Me advertiste que eras intensa,
no que eras adictiva.
Y en la primera noche
ya me habías hecho perder la ropa,
el juicio
y el sentido de la orientación.
No preguntaste nada.
Solo llegaste con vino,
las uñas pintadas
y una forma de cerrar la puerta
que sonaba a «no vas a dormir hoy».
Me tocaste como si el cuerpo fuera tuyo,
pero con la delicadeza de quien ya aprendió
a no romper lo que quiere volver a usar.
Cuando terminamos,
te serviste otro trago.
Y dijiste:
«Esto no es amor.
Pero se le parece cuando gimes así»
Y tenías razón: no era amor.
era una adicción con nombre,
piernas largas
y horario rotativo.
Astronomía del desastre
Dicen que el universo conspira.
Pero lo nuestro
se sintió más bien
como un accidente cósmico
del que nadie
quiso hacerse responsable.
Dos órbitas mal calculadas,
un par de estrellas distraídas
y esa forma tuya
de aparecer justo
cuando yo empezaba
a creer que todo estaba
por fin
en su lugar.
Después cada planeta
siguió fingiendo
que nada había pasado.
Solo nosotros
quedamos girando
un poco fuera de eje. ✨
Relación estable con tendencia al desastre
Tiene más años, más paciencia y mejores libros.
Yo tengo malas ideas.
Es un equilibrio perfecto.
Ella piensa antes de hablar.
Yo hablo y luego invento una teoría
para explicar por qué lo hice.
Ella lee en silencio,
subraya frases importantes,
cierra el libro como quien guarda algo valioso.
Yo la miro
como si todas las historias del mundo
estuvieran pasando en su cara.
A veces me pregunta
por qué sonrío sola.
No sé cómo decirle
que es porque camina por la casa
como si el tiempo le perteneciera.
Que cuando se inclina a leer
parece que el mundo se vuelve
un lugar más tranquilo.
Ella dice que soy un problema.
Lo dice con la misma voz
con la que alguien acepta la lluvia.
Y yo sospecho
que en el fondo
le gustan mis malas ideas.
Porque cuando cree que no la veo
sonríe un poco.
Como si supiera
que todo su equilibrio
depende de que yo
siga desordenándolo.
Ortografía del deseo
La primera vez que me besaste
olvidé cómo se deletrea «prudencia».
Creo que también perdí el sentido del espacio,
porque de pronto tus manos
eran mi lugar favorito en el mundo.
No dijiste mucho,
solo bajaste la mirada
como si ya supieras
que mi voluntad tenía fecha de vencimiento
y era esa noche.
Tu lengua no buscaba conversación.
Y la mía no tenía argumentos.
Nos entendimos así:
entre mordidas suaves
y promesas que sabíamos que no íbamos a cumplir.
Desde entonces,
cada vez que me acerco a ti
me vuelvo alfabeto roto,
regla deshecha,
y mujer que nunca aprende
pero siempre repite el beso.