LOS ÁNGELES TIENEN FE; EL DIABLO, LIBROS
Vine a Montenegro para destruir a una mujer.
Llevo veinte minutos mirando la carretera, dentro de un taxi que huele a tabaco rancio, y el conductor no ha dicho una palabra desde que salimos del aeropuerto de Tivat. Detalle que agradezco. No estoy de humor para explicar por qué una documentalista mexicana está buscando a una criminal de guerra en una villa costera de Montenegro.
Milena Kovač vive en el exilio dorado. Su casa está al final de un camino de tierra que serpentea entre olivares y vistas al Adriático que parecen sacadas de una postal. Hermoso. Obsceno. Las dos cosas a la vez.
El taxi frena delante de un portón blanco perforado con círculos irregulares. Bonito, en realidad. Nada que sugiera que aquí vive la mujer acusada de ordenar la ejecución de doscientos civiles en un sótano de Sarajevo.
Pago en efectivo y solo entonces el conductor habla, con un acento que arrastra las vocales.
—¿Segura que quiere quedarse aquí?
Pregunta razonable. Kilómetros de olivares en todas direcciones, una casa aislada, cero señales de civilización. Y yo aquí con una sola maleta.
Lo miro a través del espejo retrovisor.
—Estoy segura.
Se encoge de hombros, toma el dinero y se va.
El portón no tiene timbre. Solo una cámara en la esquina superior. La miro.
—Janette Solís. Agendamos para hoy.
Nadie responde. Pero suena un clic metálico y el portón se abre solo, como en las películas de terror baratas. Y ya he visto suficientes para saber que no debería entrar.
Trago en seco y avanzo.
El camino hacia la casa es corto. La grava blanca cruje bajo mis zapatos, y el olor a lavanda se vuelve más intenso, flotando desde los arbustos a ambos lados del sendero. El Adriático está cerca; lo escucho rompiendo contra las rocas, aunque no puedo verlo desde aquí. Todo está diseñado para relajarte. Para hacerte olvidar por qué viniste.
Pero he revisado los archivos durante meses. Fotos. Testimonios. Documentos militares desclasificados que me tomó tres años conseguir. Ni toda la lavanda del mundo me va a tranquilizar.
Milena Kovač no solo daba las órdenes. Disfrutaba viendo cómo se ejecutaban. Hay un testimonio que describe su método: obligaba a las madres a elegir cuál de sus hijos moriría primero. Las que se negaban los perdían a todos.
La puerta principal se abre antes de que llegue.
Y así. Sin un conteo regresivo, sin chance de respirar hondo o cuadrar los hombros. Ahí está. Milena Kovač.
No luce como en las fotos. No es solo que se tomaron hace tres décadas. Es que, entre aquella mujer de treinta con uniforme militar, cabello oscuro recogido en un moño, mandíbula tensa. Y esta de ahora con cabello plateado corto, jeans negros y camisa blanca con los puños enrollados, hay un abismo.
La Milena que vive en Montenegro parece una profesora de literatura. O una arquitecta. Alguien que toma café en librerías independientes y lee a Camus.
No alguien que cerró con candado las puertas de un hospital y le prendió fuego con cuarenta y siete pacientes adentro, porque así: «Enviaba un mensaje contundente».
—Janette.
Su voz es baja. Cálida, incluso. El acento eslavo asoma en ciertas consonantes, pero está domesticado por los años que lleva en este lugar.
—Señora Kovač. Gracias por recibirme.
No le ofrezco la mano. Tampoco ella.
—Llegaste desde Ciudad de México. Tres aviones, dos continentes. Debes estar agotada.
—Sí.
—Pocos taxistas aceptan venir hasta acá.
—No tuve problemas.
—¿Siempre eres tan conversadora?
Me mira con algo que podría ser diversión. O evaluación. Apostaría por ambos.
No estoy jugando a ser cortante. Es que no tengo idea de qué decir. Ensayé esto cien veces en el avión y ahora no me sale nada.
—Perdón. Suelo ser mejor con esto cuando ya tengo la cámara encendida.
Sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de alguien que sabe de sobra qué juego estamos jugando y está segura de que va a ganar.
—Entremos, entonces. Responderé a tus preguntas —se hace a un lado para dejarme pasar—. ¿Cuánto tiempo calculaste para esto?
—Cuatro semanas.
—Cuatro semanas. Como el asedio de Goražde —abre más la puerta—. Espero que esta experiencia sea menos… violenta.
Lo dice casual, como quien habla del tráfico. Como si no hubiera cortado el suministro de agua durante semanas. Como si no hubieran encontrado cadáveres con la boca llena de tierra, porque las personas trataban de chupar humedad del suelo.
Paso por su lado sin cambiar mi expresión. Debo lucir profesional, aunque tenga el corazón latiendo en la garganta.
El interior de la casa es justo como lo imaginé. Todo blanco, con piezas de arte moderno que deben costar más que mi apartamento en la Ciudad de México. Y libros. Montañas de libros en estantes que trepan hasta el techo. Títulos en cirílico, francés, alemán, árabe.
—¿Café? —la pregunta es pura formalidad. Ya camina hacia la cocina.
—Estoy bien, gracias.
—No estoy siendo cortés —me mira por encima del hombro—. El jet lag aquí golpea tarde, pero golpea duro. Créeme. En dos horas no podrás mantener los ojos abiertos. Mejor prevenir.
La sigo, porque no sé qué más hacer en este momento. Todavía no he sacado mi cámara. Estoy calibrando la situación, tratando de entender las reglas de un juego que ella ya conoce.
La cocina es pura luz y mármol. Ventanales del piso al techo enmarcan el Adriático, la isla de mármol blanco con vetas grises domina el centro y unos leds hacen brillar la superficie de los gabinetes color chocolate.
—¿Espresso o americano?
—Espresso está bien.
—Buena elección. Odio desperdiciar buen café diluyéndolo.
No comenta otra cosa mientras lo prepara. Sus manos se mueven sin un gesto de más, como coreografiadas: muele los granos, vierte el polvo en la cafetera, enrosca la parte superior, la coloca sobre el fuego y ajusta la flama. Su eficiencia me resulta inquietante.
—Vi tu último trabajo sobre el cártel de Sinaloa —no levanta la vista de la cafetera—. Ganó en Sundance. Tres sicarios te dieron entrevista a cámara abierta. Eso requiere o mucho valor o muy poca noción del peligro. ¿Cuál fue en tu caso?
Me tenso.
—Te preparaste.
—Claro que sí. No abro mi puerta sin saber con quién estoy tratando. Ahora dime: ¿eres valiente o imprudente?
Se voltea y me entrega una taza de espresso humeante.
—Ninguna. Solo obstinada. Cuando quiero una historia, no paro hasta conseguirla.
—Obstinada es quedarse corta. —se apoya en la encimera—. Fueron… ¿Cuántos correos? ¿Sesenta? ¿Setenta?
—Sesenta y tres —bebo. El café está perfecto—. Serían solo treinta si me hubieras dado tu número cuando lo pedí.
—Quería ver hasta dónde estabas dispuesta a llegar.
—Dijeron que era imposible conseguir esta entrevista y me lo tomé como un desafío personal.
—Los he tenido a todos insistiendo. Periodistas, documentalistas, novelistas. Empiezan muy motivados —gira la taza—. La mayoría desiste al décimo correo ignorado. Los más tercos llegan al veinte. Tú seguiste hasta que no tuve más remedio que responder.
—Te saltas la parte donde tu abogada me amenazó con una orden de restricción.
—Viéndolo bien, obstinada es una forma educada de decirlo. Acosadora sería más precisa.
—Necesitaba que me tomaras en serio.
—Y lo hice. Por eso estás aquí —se endereza—. Porque alguien con tanta convicción merece al menos una oportunidad de fracasar en persona.
Levanta su taza hacia mí, un brindis pequeño y cargado de ironía.
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